martes, 1 de abril de 2014

UNA REFLEXION SOBRE EL ESTADO ACTUAL DE LA PROFESION

Señores, ha llegado el momento de parar, inspirar profundo, exhalar fuertemente y comenzar a relajarse un poco.
Durante estos últimos meses percibo con gran desazón cierto descontrol en nuestra profesión, la de clínicos de animales de compañía, que se acompaña de un nivel de crispación elevadísimo entre nosotros. Hace un par de años, los casos de disputa dialéctica entre los compañeros eran prácticamente anecdóticos, parecía haber mayor acuerdo en las opiniones emitidas, aunque probablemente no estuviesen encaminadas en el sentido más correcto.
Hace muchos años me preguntaban cuáles son las diferencias entre los veterinarios y otras profesiones sanitarias, como por ejemplo los médicos, y yo respondía que somos lo mismo, que ellos tratan a las personas, y nosotros a los animales, pero que por lo demás no debería de existir diferencias.
Según han ido pasando los años me he dado cuenta que estaba equivocado en mi percepción; no me imagino a los médicos y profesionales afines manteniendo las disputas y los debates que nosotros venimos desarrollando últimamente. Tampoco me los veo renegando de sus representantes profesionales legítimos y buscando interlocutores por su propia cuenta y riesgo. Esto desde el aspecto corporativo, porque empresarialmente la cosa sigue empeorando.
Hace un par de años escribí que la crisis debería representar un buen acicate para la mejora de la gestión empresarial en nuestro sector, pero veo que la asistencia a la formación empresarial sigue siendo tremendamente discreta. Mis compañeros consultores han celebrado jornadas de formación tremendamente valiosas por lo que han aportado, y la asistencia no llegó a 15 personas. Eso sí, si lo paga el colegio podemos llegar a 50… queremos que nos enseñen como podemos mejorar nuestra rentabilidad, pero no estamos dispuestos a invertir por ello. Os aseguro que estas jornadas representan un enorme sacrificio para quienes lo imparten, pues si se parasen a calcular el retorno de todas las horas que han empleado en la preparación de sus jornadas, quizá se plantearían hacer otra cosa. Pero, ¿sabéis que?, no lo van a hacer… porque creen firmemente en lo que hacen, porqué lo hacen, para que lo hacen, y sobre todo… para quienes lo están haciendo. Y es que el amor por esta profesión es irrenunciable.
Bueno, me estoy desviando del tema que realmente quería comentar hoy para la reflexión… la crispación a la que hemos llegado. Hasta los más sensatos estamos cayendo en la trampa (perdón por autoincluirme en esta categoría…), como el cuento de La Cizaña de Asterix.
 A día de hoy tenemos un gravísimo problema, mucho peor que la crisis económica y social que nos atenaza y amenaza día a día… es el importantísimo deterioro de la imagen colectiva cara a la sociedad… Señores, si esto no se afronta de cara, y comenzamos  a trabajar para corregir este gravísimo desequilibrio, nunca podremos recuperar el terreno perdido, ese que nunca debimos de haber cedido, nuestra propia imagen y dignidad profesional.
Ya sé que las redes sociales lo magnifican todo, pero no puedo evitar ver reflejado en  lo que en estos medios se publica, lo que podría ser la visión y la opinión de una parte de la sociedad que es muy activa, ya que puede jugar un importante papel en cuanto a la prescripción, o no, de los servicios veterinarios como garantes de la salud de los animales de compañía. Esto, a mi juicio, es más importante que cualquier medida fiscal o legislativa que pueda incidir negativamente a nuestras actividades empresariales.
Para lograr estos objetivos, no hay otra que sumar colectivamente, desde el más pequeño y humilde consultorio veterinario, hasta nuestros más altos representantes, que en estos momentos son los integrantes del Consejo General de Veterinarios. Es cierto que en estos momentos se está comenzando a gestar la génesis de una Confederación Patronal del sector, esto es un movimiento muy importante a mi juicio, puesto que de tener éxito esta iniciativa, se constituirá un serio interlocutor con rango legal que tendrá que ser tenido en cuenta por los representantes legislativos, por lo que se podrá comenzar a llenar otro de los grandes vacíos existentes en el sector; la regulación normativa. En este punto, he de recordar que los reglamentos colegiales y del consejo no tienen rango de norma de obligado cumplimiento en nuestro ordenamiento jurídico, tan sólo se trata de recomendaciones de actuación, sin más fuerza que la moral y la deontológica.
También tenemos que contar con aquellos integrantes de nuestra profesión, dispuestos a sumar, que tengan mayor facilidad o posibilidades de conectar con la sociedad en general. Para ello, creo que convendría unificar el mensaje a comunicar, y creo que en esto no debería de existir divergencia de opinión, o tan sólo la necesaria para crear un debate constructivo.
En este aspecto, quiero destacar el trabajo realizado desde la editorial Asis en este sentido, a través de su publicación digital ArgosPet Magazine, bajo la dirección del director del equipo editorial Javier Nuviala.

Tenemos que buscar e integrar a aquellos compañeros u organizaciones que estén dispuestos a integrarse en este macroproyecto para dignificar y mejorar la imagen de la profesión veterinaria ante la sociedad. No tenemos nombres, tan sólo mentes y manos dispuestas a colaborar a romper esta inercia negativa que está corroyendo a la profesión, cual cáncer maligno. Poco a poco, sumando esfuerzos, e inundando la sociedad de mensajes en positivo, con mucha paciencia y tenacidad, es posible revertir esta situación. Para ello es necesario que no dejemos pasar más tiempo, no sea que vayamos a llegar a un punto de no retorno, como los aviones… y no tengamos otra salida que la de estrellarnos.

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